No todos se sienten caballas
Ayer fue la última vez que me
preguntaron: «¿Por qué no te borras ya del Barcelona?»
La pregunta tiene su lógica.
Porque sí, soy del Barça, y todo el mundo sabe. Lo soy desde niño, siempre lo
he sido y, salvo cat-ástrofe muy
gorda, siempre lo seré. Pero eso no significa que tenga que estar de acuerdo
con todo lo que hacen sus dirigentes: uno puede querer mucho a su club y,
precisamente por eso, ser capaz de criticarlo cuando considera que se equivoca.
Estos días se está poniendo a
caldo a los futbolistas del Real Madrid
Mbappé, Vinicius y Konaté por no
haber lucido íntegramente la camiseta de apoyo a Ceuta («Todos somos
caballas», decía). Esos tres
señores no son, precisamente, santo de mi devoción, pero, al menos, uno de
ellos —el Dictad… digo Mbappé— ha tenido a bien ofrecer a sus seguidores una
explicación, una justificación.
Podemos, por tanto, debatir
sobre si las tres estrellas madridistas hicieron bien o mal. Pero los culés
deberíamos estarles hasta cierto punto agradecidos, porque, gracias a ellos,
poco se está hablando de que el Barcelona, como institución, también decidió no
participar en esa iniciativa de apoyo al pueblo ceutí.
Y ahora quiero retroceder
unas semanas, cuando mi querido Fútbol Club Barcelona decidió cancelar el
homenaje previsto para sus jugadores campeones del mundo con España, después
del incidente protagonizado por un aficionado que portaba una estelada y un
agente de policía que no le dejó acceder con ella al estadio del Elche y hasta
parece que le zarandeó. Esa
desproporcionada “violencia” ejercida sobre aquel hincha culé era la excusa que
Laporta necesitaba para evitar que el nuevo Camp Nou se “ensuciara” con un
homenaje indirecto al Estado español.
Mirad, estoy hasta las
narices de tener que tragar tanta bilis por sistema.
Porque el «Més que un club»
del que tanto hace gala el Barça podría significar muchas cosas: tradición,
cultura, sentimiento, identidad… Pero demasiadas veces también parece
convertirse en una manera bastante poco disimulada de reivindicar determinadas
posiciones políticas, entre ellas el independentismo y un evidente
distanciamiento —cuando no desprecio— hacia todo lo español.
Y lo digo yo, que soy del
Barça. O precisamente por eso.
No necesito hacerme
madridista para criticar al Barcelona cuando creo que se lo merece. Ni tampoco necesito
dejar de amar al Barça para decir que algunas de las cosas que hacen sus
dirigentes no me representan y, por el contrario, me avergüenzan, y mucho.
Yo pienso seguir siendo «del»
Barça hasta que me muera.
Lo que no pienso es ser cómplice
de todo lo que haga el Barça como institución.
Porque ser del Barça no
significa ser sordo, mudo y ciego. Y mucho menos significa ser gilipollas y
mirar para otro lado cuando los dirigentes del club, en sus delirios
independentistas, ofenden a mi país.
Ser del Barça es una cosa. Comulgar con todas las
decisiones políticas que adopte el Barça es otra muy distinta.

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