Julián, el deseado


El FC Barcelona está protagonizando, una vez más, el culebrón del verano. Esta vez, con un protagonista que, al igual que Nico Williams, también viste (al menos en la parte superior de su indumentaria) de rojiblanco: Julián Álvarez, delantero de 26 años que milita actualmente en el Atlético de Madrid y que los colchoneros ficharon hace dos temporadas procedente del Manchester City. Aunque a las órdenes del Cholo Simeone no ha dado su mejor versión, para Joan Laporta, Deco y el entrenador Hansi Flick, Julián es uno de los jugadores más completos del mundo y, desde hace muchos meses, se conoce el interés del Barça por él.

A tres días del cierre del mercado de fichajes, el Atlético dice que Julián Álvarez no jugará jamás en el Barça. El jugador quiere marcharse, el Barça lo quiere y Gil Marín acusa al club azulgrana de falta de ética. Pero ¿qué ha hecho exactamente el Barcelona que no hagan todos los grandes clubes cuando quieren fichar a un futbolista con contrato?.

La historia del delantero argentino y el FC Barcelona se ha convertido en una auténtica guerra diplomática entre Madrid y Barcelona, con acusaciones de falta de ética, denuncias ante FIFA, ofertas millonarias, supuestas promesas incumplidas, declaraciones explosivas y hasta una teoría que coloca a Florentino Pérez en algún lugar oscuro moviendo sus hilos desde las sombras. El culebrón está servido. Y ahora, vamos a analizar lo que sabemos al respecto.

Conviene empezar por lo evidente: Julián Álvarez no es un futbolista libre. El Atlético de Madrid lo fichó del Manchester City en 2024 y el argentino tiene contrato con el club rojiblanco hasta 2030. Por tanto, el Atlético tiene todo el derecho del mundo a no querer venderlo. Hasta aquí, todo es lógico y legítimo: un club compra a un futbolista, firma un contrato y puede decidir que no quiere desprenderse de él.

Pero hay otra realidad igualmente legítima: un futbolista puede querer cambiar de club. Y aquí empieza el problema. Porque Julián quiere marcharse. Y su destino preferido, según todas las informaciones que se han publicado durante los últimos meses, es el Barcelona. Pero existe un pequeño problema: el Atlético no quiere negociar con el Barcelona ni aunque fuese el único club de fútbol sobre la faz de la Tierra. Pero ¿qué ha hecho el Barça para merecer ese trato? Esta es probablemente la pregunta más interesante de todo el caso.

Miguel Ángel Gil Marín, que, recordémoslo, es el accionista mayoritario, consejero delegado y, por encima de todo, hijo del legendario —y polémico— anterior propietario del Atlético de Madrid, Jesús Gil y Gil, ha acusado públicamente al Barcelona de actuar con falsedad, falta de ética y escasa profesionalidad. El Atlético incluso presentó una denuncia ante la FIFA y la RFEF por la actuación del club azulgrana en relación con Julián. Pero conviene distinguir entre una cosa y otra: que una operación pueda ser discutible reglamentariamente no significa que intentar fichar a un jugador sea inmoral.

Cuando un club quiere fichar a un futbolista que tiene contrato con otro equipo, lo normal es que se interese por él, contacte con su representante, conozca su disposición a cambiar de aires y, si existe voluntad, se siente a negociar con el club propietario. Eso ocurre constantemente. Lo ha hecho el Real Madrid. Lo han hecho el PSG, el Bayern… y hasta el propio Atlético. No existe ninguna regla futbolística que diga que un jugador con contrato debe permanecer eternamente feliz en su club ni que otro equipo tenga prohibido preguntarle si estaría dispuesto a fichar. El problema aparece cuando se incumplen las normas sobre contactos con jugadores bajo contrato o se intenta presionar al futbolista para forzar una salida. Y precisamente ahí es donde está la cuestión que tendrá que determinarse, si procede, en el ámbito correspondiente.

El Atlético sostiene que el Barça cruzó una línea, que no solo habló con el jugador, sino que le insistió, le presionó y le embaucó. El Barcelona, evidentemente, no comparte esa interpretación. Pero una cosa es denunciar una conducta concreta, y otra, presentar como escandaloso el simple hecho de que el Barça quiera fichar a Julián Álvarez. Porque eso, sinceramente, se parece bastante a lo que hacen todos.

Hace unas semanas, el Barcelona llegó a poner sobre la mesa una oferta de alrededor de 100 millones de euros. Una cantidad enorme. Y, sin embargo, insuficiente para el Atlético. La cuestión es que el club madrileño llevaba meses diciendo que Julián no estaba en venta. De hecho, durante el verano apareció una cifra todavía más espectacular: 150 millones de euros. El Atlético habría comunicado al jugador y a su representante que, si quería salir, debía llegar una oferta de esa magnitud antes del 20 de junio. Y aquí aparece un dato que complica todavía más la historia: fue el Real Madrid de Florentino Pérez quien presentó esa mareante oferta de 150 millones por Julián. Y el Atlético la rechazó.

Por tanto, resulta difícil sostener que el Atlético simplemente quería obtener el máximo dinero posible por el delantero. Si rechazó 150 millones del Real Madrid, puede perfectamente defender que Julián no estaba en venta. Pero entonces aparece una pregunta incómoda: ¿por qué se habla de 150 millones como precio de salida si, posteriormente, ni siquiera se quiere negociar? Y, sobre todo: ¿qué ocurre cuando el jugador afirma que le habían prometido que podría marcharse?.

Aquí entramos en terreno delicado. Durante estos meses ha comenzado a circular una información según la cual Miguel Ángel Gil Marín y el entrenador Diego Simeone habrían hablado con Julián Álvarez en febrero y le habrían prometido que, si aparecía una oportunidad adecuada, facilitarían su salida. La versión fue difundida inicialmente por el periodista Jota Jordi y posteriormente recogida por numerosos medios. Según esa información, Julián habría interpretado que el club le permitiría cambiar de aires al finalizar la temporada. Y el delantero, que, durante el Campeonato del Mundo, habló claro y dijo a los cuatro vientos que consideraba que lo mejor tanto para él como para el Atlético sería una transferencia (traspaso), habría regresado a Madrid convencido de que esa promesa seguía vigente.

Pero hay un problema.  No existe, al menos públicamente, un documento que demuestre esa promesa.  Por eso sería irresponsable afirmar que Gil Marín “mintió” como si fuese un hecho demostrado. Lo que sí podemos afirmar es algo mucho más interesante: existen dos versiones incompatibles de lo sucedido.

Por un lado, el entorno de Julián sostiene que hubo una promesa del Atlético al jugador, pero, por otro, Gil Marín considera que el futbolista ha sido engañado por el Barça y que la entidad azulgrana le ha hecho generar expectativas que no se corresponden con la realidad. El propio Gil Marín llegó a afirmar que Julián está “realmente mal” porque, según él, “ha habido personas que se han encargado de engañarlo y confundirlo”.

Y aquí aparece la gran pregunta: ¿quién engañó a Julián? Porque, si el jugador realmente entendió que el Atlético le permitiría marcharse este verano, alguien tuvo que generar esa expectativa. Y quizá aquí esté la clave de todo. No es lo mismo decir: “Si llega una oferta adecuada, estudiaremos tu salida”, que decir: “Este verano podrás irte al Barcelona”. Lo primero es perfectamente compatible con que el Atlético reciba una oferta y diga: “Consideramos que no es adecuada”. Y ahí el Atlético tendría toda la razón. Pero también es comprensible que Julián pueda sentirse engañado si entendió que la promesa significaba que tendría libertad para decidir su futuro, especialmente si durante los meses siguientes el club cambió radicalmente de posición. Y esa parece ser precisamente la sensación que tiene el delantero argentino.

La relación entre Atlético y Barcelona no atraviesa precisamente su mejor momento, y el “caso Julián” ha terminado convirtiéndose en una cuestión de orgullo. Gil Marín ha sido tajante: Julián no será vendido al Barcelona. Ni siquiera habla ya de precio. No dice: “Pagad 150 millones y hablamos”, ni tan siquiera: “Abonad la cláusula de rescisión (500 millones de eurazos, una auténtica locura casi imposible) y solo entonces os lo llevaréis”. La postura actual es: “Con el Barcelona no negociamos”. Y eso cambia completamente el escenario, porque entonces el problema deja de ser económico: es institucional, o político, o emocional, o, posiblemente, personal.

Lo que genera más incertidumbre es que el Atlético ha acusado al Barça de actuar de manera poco ética. Pero ¿por qué? En el fútbol profesional existe una realidad conocida por todos: los jugadores cambian de club constantemente aunque tengan contrato. Los clubes contactan con representantes. Los representantes hablan con clubes. Los jugadores expresan sus preferencias. Los presidentes realizan ofertas. Los entrenadores intentan convencer a jugadores. Y, cuando todas las piezas encajan, se firma el traspaso. De modo que el problema no es intentar fichar a un jugador con contrato, sino hacerlo saltándose las normas. Y eso es lo que el Atlético tiene que demostrar con hechos, con pruebas, no con declaraciones incendiarias.

¿Tiene el Atlético derecho a negarse a vender a Julián al Barça? Sí, lo tiene. Absolutamente. Y conviene decirlo aunque uno, como yo, sea del Barça. El Atlético compró a Julián, le firmó hasta 2030 y puede decidir que no quiere venderlo. También puede considerar que 100 millones no son suficientes. Puede considerar que 150 tampoco lo son. Puede exigir la cláusula de rescisión. Puede incluso decidir que no quiere reforzar a un rival directo. Eso forma parte de la libertad de un club para gestionar su plantilla. Lo que ya resulta más discutible es mantener a un futbolista contra su voluntad cuando la relación entre ambas partes se ha deteriorado hasta el punto de que el jugador no entrena y la afición le abuchea. Porque entonces aparece otra pregunta: ¿qué gana el Atlético reteniendo a un futbolista que quiere marcharse?

Y aquí tampoco hay que convertir al argentino en un santo. Julián tiene contrato. Y si durante la temporada anterior decidió continuar en el Atlético, sabía perfectamente que estaba vinculado al club. Si quería salir, debía hacerlo siguiendo los procedimientos correspondientes. Además, si realmente quería marcharse al Barcelona, resulta inevitable preguntarse hasta qué punto su entorno contribuyó a alimentar una situación que ahora se ha convertido en una guerra. El jugador tiene derecho a querer jugar en el Barça, pero también tiene obligaciones contractuales. Y si el Atlético considera que hubo contactos indebidos, tiene derecho a denunciarlos, si bien eso no convierte automáticamente al Barça en culpable. Pero tampoco convierte automáticamente a Julián en víctima.

Y llegamos a hoy, 29 de agosto. Quedan apenas tres días para el cierre del mercado. Julián Álvarez quiere salir. El Barcelona quiere ficharlo. Pero el Atlético quiere que continúe. El jugador lleva varios días sin entrenarse con normalidad y, cuando ha salido a jugar algunos minutos de los partidos ya disputados, ha recibido pitadas e insultos. Y, aunque el Atlético dice que con el Barça no negocia, parece ser que sí lo haría con el Arsenal, que aparece como posible alternativa. Ayer, incluso otro convidado de piedra se sumó al banquete: el Manchester City, su anterior equipo, donde ya no está Guardiola, que lo tenía últimamente relegado a categoría de suplente.

¿Todavía puede acabar Julián en el Barcelona antes de que se cierre el mercado? Bueno, parece que es CASI imposible. Pero realmente, ¿hay cero posibilidades? En realidad sí las hay, pero no sería fácil ni recomendable para ninguna de las partes. Porque prácticamente la única salida sería que el futbolista tomase la decisión de romper unilateralmente su contrato con el Atlético de Madrid, apelando al Decreto 1006/1985, que regula la relación laboral especial de los deportistas profesionales en España y traslada a la jurisdicción social la fijación de una eventual indemnización cuando no existe acuerdo previo entre las partes. Esa indemnización, que sería fijada por un juez, lo más probable es que fuese bastante inferior a los 500 millones de cláusula, pero nunca se sabe…

Yo estoy convencido de que Julián se queda en el Atlético, como también lo estoy de que, con todo respeto, este jugador no vale 500 millones, ni 150, ni probablemente 100. El chaval me cae bien, respeto su valentía y su deseo valientemente expresado de querer vestir la elástica azulgrana, pero creo que todo esto ha llegado demasiado lejos y no hay que volverse locos con lo que simplemente no puede ser y además es (casi) imposible.


 

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