¡A la finalísima!

 


Este año, estoy percibiendo un componente casi religioso en la relación entre España y su Selección de fútbol: una fe ciega, inquebrantable, que sobrevive a los empates inexplicables, a los partidos espesos y a las fases de grupo que parecen diseñadas para poner a prueba la paciencia del creyente.  Y, sin embargo, ahí seguimos: nunca hemos dejado de estar convencidos de que España puede ganar este Mundial… incluso cuando, a decir verdad, no está deslumbrando con el mismo brillo que en la Eurocopa de hace dos años, cuando nos hizo creer que el fútbol podía ser una sinfonía.

Porque este equipo, aunque parezca menos brillante, sigue siendo ejemplar. No necesita estrellas que acaparen portadas ni egos que reclamen focos.  Su virtud es otra: solidez, cohesión, trabajo coral, un fútbol que se construye desde la humildad y que funciona como un mecanismo de precisión. España juega como quien sabe que no tiene un Messi, pero sí once jugadores que entienden el juego como una responsabilidad compartida.

Y, aun así, hay un detalle que este Mundial ha puesto sobre la mesa: España no tiene a Messi… pero tiene a su relevo natural.

Lamine Yamal, el chico que hace 19 años aparecía en una foto siendo bañado por Leo, ha terminado heredando no solo el dorsal, sino también la desfachatez, la creatividad y ese modo de jugar que parece escrito en un idioma propio.  ¡Incluso sus nombres comienzan por la misma inicial!  Lamine no es Messi —nadie lo es—, pero su irrupción tiene ese aroma de “algo está empezando aquí”.  Ese tipo de talento que no se fabrica: aparece.

Y sí, hay mucho Barça en esta selección.  Mucho ADN azulgrana en la circulación, en la pausa, en la valentía para sacar el balón jugado incluso cuando el rival aprieta. Pero, siendo honestos, sólo Pau Cubarsí está rindiendo al nivel que muestra en el Camp Nou. El resto alterna luces y sombras, quizá porque el Mundial exige una temperatura emocional distinta, más abrasiva, más imprevisible.

Ahora, el domingo llega la final contra Argentina. La Argentina de Messi. La Argentina de la pasión desmedida, del fútbol vivido como una épica nacional, del país donde cada partido es una novela y cada falta un drama shakesperiano.

Y, por supuesto, la Argentina de los arbitrajes relajados, esos que siempre parecen favorecer al equipo albiceleste en los momentos decisivos. No es conspiración: es tradición. El árbitro que pita a Argentina sabe que está entrando en un teatro donde cada decisión se convierte en un juicio universal. Y eso, inevitablemente, condiciona.

España llega a esta final sin el brillo de otras veces, pero con algo más importante: la convicción de que puede competir contra cualquiera.  Contra la intensidad argentina, contra la mística de Messi, contra el ruido exterior y contra los que ya dan por hecho que la Copa tiene dueño.

Quizá no tengamos al mejor jugador del mundo (aunque Lamina ya va en esa dirección). Quizá no tengamos la narrativa épica. Pero tenemos algo que nunca falla: la fe de la gente.  Esa fe que sostiene al equipo cuando el juego se atasca. Esa fe que convierte cada pase en una promesa.  Esa fe que, pase lo que pase en la final, seguirá intacta.

Porque España no siempre deslumbra. Pero España siempre compite. Y, a veces, eso es suficiente para escribir historia.

 


Comentarios

Entradas populares de este blog

Fichajes indiscretos

Que n’aprenguin!

Acoso antideportivo